No puedo 

Quiero escribir, desquiciada y eternamente.

Quiero escribir al punto de llegar al límite entre lo real e irreal.

Quiero escribir, volverme loca; devorar las letras a cada respiro. Despifarrar mis palabras hasta saciar mi alma.

Quiero escribir. Pero no puedo. Me faltan las palabras, mi alma se quedó seca, apagada. 

Necesito. Busco. No encuentro. Desespero. 

Pero no puedo… 

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Soneto

Corazón de sangre negra y podrida,
Causas estragos, llenándome, oscura
Escribes conmigo, dulce locura
Sonetos, poemas, libros y vida

Olvidas cuán tediosa se torna ella,
Risa siniestra, máscara burlona
Destruye los sueños hasta la pena,
Sueño o pesadilla, la misma arcilla

Recuérdame, creeme tú también
Que esta sangre negra mata, escribiendo
Dejando nuestro recuerdo, el de alguien

Quien nunca se fue, que sigue existiendo
Sentado y oyendo, en tu propia sien
Creando este mundo, infame e inmundo

 

 

 

 

Nostalgia

“Como cenizas llevadas por el tiempo y el viento a recorrer el mundo, así volveré a juntar cada mota y reencontrar mi punto de partida” E.M.P.

Tal cual lucero que se oculta en el fondo del océano y termina con la vida diurna de aquellos seres mundanos y ajenos al dolor y la soledad, surge con las horas la luna acompañada de sus infinitas luciérnagas, dando comienzo a una vida totalmente distinta, descubriéndose este otro mundo siniestro y oscuro para aquellos que son quemados por la estrella que da vida al planeta por el cual camina.

Un alma antigua vaga por las calles tan solo buscando alguna desprevenida presa inocente para saciar su aburrimiento y desocupar de aquél peso tan antiguo a su corazón muerto. Nadie sospecharía de una dulce joven, nadie imaginaría lo que esta dulce sonrisa oculta, la frivolidad de los actos sin segundas intenciones. Solo con ganas de jugar. Y también de saborear el dulce néctar carmín de aquel que se cruce en su camino, cayendo en la trampa.

Dobla en un callejón y encuentra a un pobre hombre durmiendo entre la basura, sin la más mínima idea de que ya no despertaría. Nadie lo extrañaría.  En ningún momento el sentimiento de compasión o ni de preocupación se cruza por su cabeza. Esos sentimientos dejaron de existir hace ya demasiado tiempo. Clavando los blancos colmillos en su yugular, succiona hasta la última gota. Delicioso. El cadáver inerte permanecería allí hasta que alguien lo encontrara.  Se limpió las comisuras de los labios.

Seguro Ihanet estaría alimentándose también. O seguro ya estaba en casa, esperando su regreso. Le había pedido que por esta noche la dejase alimentarse sola. Que no la acompañase. Su rostro se había tornado en un gesto de sorpresa, pero al ver que no  daba explicaciones, simplemente había salido. Había acostumbrado al joven a no hacer preguntas cuando no debía. En el fondo, estaba orgullosa de él; se había mantenido fiel a sí mismo como ser y se había ganado un lugar en la eternidad. Él era único.

Eso le dio qué reflexionar.  Lo quería casi como a uno de sus hermanos. Se sentó en un banco dejando sus piernas colgando y miró la eterna luna blanca. Hoy mostraba una sonrisa. Pero una sonrisa triste. La penumbra y el dolor acongojaban el corazón muerto hacía siglos. Miró sus manos.  Era una niña. Y siempre lo sería. La rabia llenó su pequeño ser, dando paso a unas lagrimas. Quería matar, quería sacar el dolor.  Ya llevaba más de cuatro mil años vagando sobre el mundo, viendo como pueblos, ciudades, imperios, culturas enteras se creaban y desarrollaban para desaparecer en lo que para sí era un doloroso suspiro, un etéreo parpadeo, un eterno vaivén del tiempo. Y ella solo una ficha sin sentido en aquél juego sin final.

Era una noche de dolor, recuerdo y soledad.  Hermanos y madre. Todos muertos. Al menos, eso era lo último que había oído rumorear. ¡Tanto tiempo los buscó! Pero nada. Ninguno de sus hermanos vivía. La habían dejado sola en el mundo. Sola y abandonada. Los odiaba por no entender lo que ellos habían pasado. Solo sabía que habían ido a la guerra y jamás habían vuelto, y a su madre la habían asesinado. No había quedado más opción que huir. Huir con la esperanza de encontrarlos algún día. Pero el destino había jugado sucio. Muy sucio.

 

Fue hasta una plaza que quedaba cerca de allí mientras rebuscaba en su mente la oxidada imagen de los familiares rostros. No los recordaba casi. Su ser estaba profusamente lleno de un dolor que llevaba acarreando miles de años. No vió que había otro ser sentado más allá. Tampoco  importaba. Ella solo caminaba. No entendía nada de lo que decía. Fue acercándose y se dió cuenta de que no era humano. Era como ella. Internamente, sintió gozo de encontrar alguien igual. Sin embargo, corría el riesgo de que no la comprendiera para nada.

Dolor. Eso sentía. Dolor y rabia.

Y fue en ese momento en que quedó con los talones clavados en el suelo.

“¿Dónde estás pequeña flor?”- Escuchó. Y eso la transportó a su anterior vida. Algo que ya había muerto, lo había enterrado y olvidado.

Algo hizo un “clic” en su interior. Casi imperceptible, pero estaba allí. Recordó. Recordó su voz, recordó su rostro. Samael. Pero eso era imposible. No podía dejarme llevar por la dolorosa y sublime ilusión. Bien podía ser otra persona. ¡Tenía que serlo! Hizo de sus manos pequeños puños y suspiró, abriendo y cerrando los ojos, observando cómo este otro ser se recostaba y bajaba la guardia. Vió que sus labios se movían pero, cegada por la ilusión, la cual estaba mezclada con el desentendimiento, el dolor y el alivio, no lo escuchaba.

Simplemente se dió cuenta de sí misma cuando tenía las manos detrás de él y los colmillos en el cuello indefenso, lista para matarlo por ser lo suficientemente cruel consigo, por haber sido víctima potencial del destino y caer en la trampa del cazador furtivo, el cual acababa de despertar de nuevo dentro suyo, producto del esfuerzo por descontrolarse tras centurias, dejando que la bestia la controlase otra vez. Solo bastaban dos movimientos para terminar con su –eterna- vida, otra vez y para siempre, como un soplo que acababa con la vida de aquella llama llena de calor.

Desflorando aquella flor que, marchita, yacía sin vida, esperando que se la llevase el viento.