No puedo 

Quiero escribir, desquiciada y eternamente.

Quiero escribir al punto de llegar al límite entre lo real e irreal.

Quiero escribir, volverme loca; devorar las letras a cada respiro. Despifarrar mis palabras hasta saciar mi alma.

Quiero escribir. Pero no puedo. Me faltan las palabras, mi alma se quedó seca, apagada. 

Necesito. Busco. No encuentro. Desespero. 

Pero no puedo… 

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Cielo gris

El día esta nublado, el cielo, oscuro.  Es mi mente la que está plagada de sombras y oscuridad, sin saber hacia dónde ir. Voces se amontonan y no entiendo nada. Voces que me hablan, se burlan de mí y no quiero saber lo que dicen, de quién se burlan. Aunque sé muy bien la respuesta.

Me siento patética, tengo frío; no sé a dónde mirar, no tengo a nadie quien me espere con los brazos abiertos. Las nubes cubren densamente el cielo. ¿Es de día? ¿O es de noche? Vago sin rumbo. Siento un sabor amargo en la boca. Ya no me importa nada. No tengo por qué existir.

Siento que he defraudado a la mitad –o quizá a todos- los que me importan. He metido la pata y no sé cómo arreglar lo desecho. Siento mi corazón desangrarse con sangre negra y espesa, como si fuese la tinta de las palabras no escritas, las palabras no pronunciadas, de las disculpas no dichas.

Siento que distintas personas me miran, juzgándome, esperando que tan solo cometa otro error más. Desean que caiga ¿o soy yo la que desea caer de una sola vez y no volver a levantarse nunca más? Podría ser. Luzco abandonada, arrastrando los pies por la tierra húmeda, pero allí no ha llovido en mucho tiempo. ¿Son mis lágrimas las que empaparon esas tierras? Creo que sí. Esa es la razón por la que ya no crece nada por esos lares tan inhóspitos.

Siento la presión que me tira hacia abajo. ¿Tanto peso aquejan mis jóvenes y débiles hombros? ¿Cómo puede ser posible? El dolor que aqueja a mi pobre ser marchita mi alma, como si de una pequeña flor se tratase.

Camino y camino sin rumbo ni destino, por un camino que ahora es de piedras. Estas penetran en la suela de mis pies ya enrojecidos por la ardua caminata, pero ya no siento el dolor. Con la vista perdida en el horizonte, el corazón roto y el alma marchita. ¿Vale seguir luchando? ¿Vale seguir yendo y yendo por la vida sin rumbo aparente? ¿Es que acaso esto alguna vez tendrá un fin?

Siento mi rostro mojarse. ¿Ha comenzado a llover? No, son mis lágrimas, que, saladas han encontrado su salida y brotan. Sonrío con ironía, sin detenerme. Esto ya no tiene sentido.

Pasan las horas y no me detengo, las lágrimas han cesado. Ya no tengo lágrimas que derramar. El cielo está incluso más oscuro ahora. Las piedras han desaparecido, ahora tan solo camino sobre arena seca. Los pies ya me pesan.

Los brazos me cuelgan a los costados y no me molesta el viento en la cara. Mis ojos están vidriosos y mis labios secos. Comienzo a sentir cierta elevación del terreno, pero no me cuesta trabajo subir. Empiezo a divisar unas raíces negras que se van engrosando cada vez más y más hasta llegar a un árbol enorme.

Es un roble, pero está muerto. Habrá dado una sombra hermosa en sus buenos tiempos, me digo. Pero eso ya no importa ahora. Las ramas secas y quebradizas ululan con la brisa y las hojas ya no se encuentran en estas tierras. Se han marchitado, como mi alma.

Me acurruco al pie de este majestuoso árbol y por fin cierro los ojos. Las pestañas me pesaban y sabía que no podría pasar mucho más tiempo sin dormir.

Por lo que, tras tres suspiros, me dejé ir… Durmiendo…

Desolación

“Y es la luna plateada, reflejada en aquél charco de sangre color rubí, que demuestra que ya he olvidado quien soy, quien fui y me piensa quién seré”- E.v.P.

Había pasado demasiado tiempo en soledad, ya ni siquiera podía pensar, pues ya no lograba escucharse a sí misma. Su alma la había abandonado, había huido de su propio ser, espantada ante la constante atrocidad de viles actos, condicionados por su sed, su hambre, su indiferencia hacia la vida humana. Incluso hacia la humana que había sido ya hace tanto tiempo atrás. Ya no recordaba su propio pasado, ya había olvidado la infancia de aquella pequeña quien había sido con anterioridad.

Los pasos resonaban hacia tiempo en aquel suelo al que dignaba de llamar “hogar”, ese suelo que no conocía sino hasta hace poco, en el cual se había adaptado ya sin mucho esfuerzo: a través de los milenios uno aprendía a adaptarse cada vez con mayor rapidez. Suponía que era quien,  quien por querer olvidar el pasado y borrar todo rastro de su persona, había sido impulsada a borrar incluso su memoria, y olvidar rápidamente los lazos formados en ese lapso, haciendo más fácil la re-adaptación en otros lugares.

Y ahora se hallaba sola en este lugar tan solitario. Necesitaba volver a reencontrarse. No era la primera vez que esto le ocurría… Sin embargo, era la primera vez que volver a sus recuerdos e inicios le costaba tanto. Caminaba bajo la luna, solo escuchando el susurrar del viento y las hojas, absorta en sus propios pensamientos. O más bien, no pensando en nada. Caminando, con la mirada perdida en el horizonte, sin rumbo fijo, llegó hasta lo que parecía un lago. Vio a luna reflejada en el mismo. La aglomeración de dudas y pesares la llenó de rabia.

A causa de esto, no sintió al joven que misteriosamente había salido de quién sabía dónde, quizás con la intención de ayudar, preocupado de ver una niña en solitario a tan altas horas de la noche. Inconscientemente, lo agarró del brazo, estirándolo en lo que durara un pestañeo y le desgarró la yugular con un movimiento veloz. El liquido carmín, caliente, quemó la garganta, calentó entrañas y calmó su espíritu. Lo dejó tirado en el suelo. Había muerto al instante. Lo había hecho por inercia, sin conciencia alguna. Y su muerte no pesaría en ella. Ya no.

Lo miró atentamente. No pasaba de los 14 años. Era un chico apuesto, de cabellos negros.  Su sangre se coagulaba en un charco carmesí, reflejando, con un color similar al vino tinto, la luna llena. Se tranquilizó. Debía hacerlo. Nunca había perdido el control de aquella manera tan impulsiva. ¿Qué le estaba ocurriendo? Acaso había perdido con tanta facilidad-nuevamente- aquella pequeña chispa, aquel pequeño resquicio de humanidad que había aprendido a salvaguardar a través de los eternos siglos que llevaba sobre tan inhóspita e insufrible tierra. Condenada al desespero y la desolación.

Aún sabiendo que no estaba sola, no podía sentirse más abandonada, más desamparada.

Aquél corazón que había dejado de latir hace ya cuatro siglos, se encontraba lleno de telarañas, seco, oscuro, lleno de odio, rabia. Dolor. Sentía el interior como una vieja vasija sin contenido alguno. Estaba rota. Se daba cuenta de que  faltaba algo, pero no sabía qué.

Nada le importaba que las finas vestiduras se embarraran y mojaran  por culpa del agua en los pasos que había dado a su interior. Miré alrededor. No había nadie: ¿de dónde había salido aquel joven muchacho? Pequeños enigmas que llenaban la vida, grandes ironías que a su mente ocupaban.

El agua la relajaba. El ir y venir de la pequeña marea generada por el suave viento calmaba los sentimientos arremolinados. Miró al cielo y comenzó a llorar. Suavemente. Lágrimas que pensaba secas brotaban de sus ojos como si nunca hubiera llorado.

-Con que esto se sentía llorar…-susurró.

Soneto

Corazón de sangre negra y podrida,
Causas estragos, llenándome, oscura
Escribes conmigo, dulce locura
Sonetos, poemas, libros y vida

Olvidas cuán tediosa se torna ella,
Risa siniestra, máscara burlona
Destruye los sueños hasta la pena,
Sueño o pesadilla, la misma arcilla

Recuérdame, creeme tú también
Que esta sangre negra mata, escribiendo
Dejando nuestro recuerdo, el de alguien

Quien nunca se fue, que sigue existiendo
Sentado y oyendo, en tu propia sien
Creando este mundo, infame e inmundo

 

 

 

 

Nostalgia

“Como cenizas llevadas por el tiempo y el viento a recorrer el mundo, así volveré a juntar cada mota y reencontrar mi punto de partida” E.M.P.

Tal cual lucero que se oculta en el fondo del océano y termina con la vida diurna de aquellos seres mundanos y ajenos al dolor y la soledad, surge con las horas la luna acompañada de sus infinitas luciérnagas, dando comienzo a una vida totalmente distinta, descubriéndose este otro mundo siniestro y oscuro para aquellos que son quemados por la estrella que da vida al planeta por el cual camina.

Un alma antigua vaga por las calles tan solo buscando alguna desprevenida presa inocente para saciar su aburrimiento y desocupar de aquél peso tan antiguo a su corazón muerto. Nadie sospecharía de una dulce joven, nadie imaginaría lo que esta dulce sonrisa oculta, la frivolidad de los actos sin segundas intenciones. Solo con ganas de jugar. Y también de saborear el dulce néctar carmín de aquel que se cruce en su camino, cayendo en la trampa.

Dobla en un callejón y encuentra a un pobre hombre durmiendo entre la basura, sin la más mínima idea de que ya no despertaría. Nadie lo extrañaría.  En ningún momento el sentimiento de compasión o ni de preocupación se cruza por su cabeza. Esos sentimientos dejaron de existir hace ya demasiado tiempo. Clavando los blancos colmillos en su yugular, succiona hasta la última gota. Delicioso. El cadáver inerte permanecería allí hasta que alguien lo encontrara.  Se limpió las comisuras de los labios.

Seguro Ihanet estaría alimentándose también. O seguro ya estaba en casa, esperando su regreso. Le había pedido que por esta noche la dejase alimentarse sola. Que no la acompañase. Su rostro se había tornado en un gesto de sorpresa, pero al ver que no  daba explicaciones, simplemente había salido. Había acostumbrado al joven a no hacer preguntas cuando no debía. En el fondo, estaba orgullosa de él; se había mantenido fiel a sí mismo como ser y se había ganado un lugar en la eternidad. Él era único.

Eso le dio qué reflexionar.  Lo quería casi como a uno de sus hermanos. Se sentó en un banco dejando sus piernas colgando y miró la eterna luna blanca. Hoy mostraba una sonrisa. Pero una sonrisa triste. La penumbra y el dolor acongojaban el corazón muerto hacía siglos. Miró sus manos.  Era una niña. Y siempre lo sería. La rabia llenó su pequeño ser, dando paso a unas lagrimas. Quería matar, quería sacar el dolor.  Ya llevaba más de cuatro mil años vagando sobre el mundo, viendo como pueblos, ciudades, imperios, culturas enteras se creaban y desarrollaban para desaparecer en lo que para sí era un doloroso suspiro, un etéreo parpadeo, un eterno vaivén del tiempo. Y ella solo una ficha sin sentido en aquél juego sin final.

Era una noche de dolor, recuerdo y soledad.  Hermanos y madre. Todos muertos. Al menos, eso era lo último que había oído rumorear. ¡Tanto tiempo los buscó! Pero nada. Ninguno de sus hermanos vivía. La habían dejado sola en el mundo. Sola y abandonada. Los odiaba por no entender lo que ellos habían pasado. Solo sabía que habían ido a la guerra y jamás habían vuelto, y a su madre la habían asesinado. No había quedado más opción que huir. Huir con la esperanza de encontrarlos algún día. Pero el destino había jugado sucio. Muy sucio.

 

Fue hasta una plaza que quedaba cerca de allí mientras rebuscaba en su mente la oxidada imagen de los familiares rostros. No los recordaba casi. Su ser estaba profusamente lleno de un dolor que llevaba acarreando miles de años. No vió que había otro ser sentado más allá. Tampoco  importaba. Ella solo caminaba. No entendía nada de lo que decía. Fue acercándose y se dió cuenta de que no era humano. Era como ella. Internamente, sintió gozo de encontrar alguien igual. Sin embargo, corría el riesgo de que no la comprendiera para nada.

Dolor. Eso sentía. Dolor y rabia.

Y fue en ese momento en que quedó con los talones clavados en el suelo.

“¿Dónde estás pequeña flor?”- Escuchó. Y eso la transportó a su anterior vida. Algo que ya había muerto, lo había enterrado y olvidado.

Algo hizo un “clic” en su interior. Casi imperceptible, pero estaba allí. Recordó. Recordó su voz, recordó su rostro. Samael. Pero eso era imposible. No podía dejarme llevar por la dolorosa y sublime ilusión. Bien podía ser otra persona. ¡Tenía que serlo! Hizo de sus manos pequeños puños y suspiró, abriendo y cerrando los ojos, observando cómo este otro ser se recostaba y bajaba la guardia. Vió que sus labios se movían pero, cegada por la ilusión, la cual estaba mezclada con el desentendimiento, el dolor y el alivio, no lo escuchaba.

Simplemente se dió cuenta de sí misma cuando tenía las manos detrás de él y los colmillos en el cuello indefenso, lista para matarlo por ser lo suficientemente cruel consigo, por haber sido víctima potencial del destino y caer en la trampa del cazador furtivo, el cual acababa de despertar de nuevo dentro suyo, producto del esfuerzo por descontrolarse tras centurias, dejando que la bestia la controlase otra vez. Solo bastaban dos movimientos para terminar con su –eterna- vida, otra vez y para siempre, como un soplo que acababa con la vida de aquella llama llena de calor.

Desflorando aquella flor que, marchita, yacía sin vida, esperando que se la llevase el viento.